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miércoles, octubre 21, 2009

EN EL VIAJE

Me tumbo frente a las olas para escuchar el rumor. Proyecto una línea hacia el cielo y queda anclada en una nube; abro la mirada y contemplo la esfera enorme, descomunal; veo el aire, metro cúbico tras metro cúbico, sobre mí, hacia arriba, inconmesurable. Sobreviene el vértigo, pero no me puedo caer del suelo, estoy pegada a él, lo siento bajo la espalda, percibo la inmensidad; es un cuerpo vivo. Proyecto la línea hasta el centro de la Tierra, oigo el latido, la atravieso, noto la Tierra suspendida en el espacio, soy la Tierra suspendida en el espacio, infinitamente más pequeña que un átomo. Percibo mi cuerpo como una vibración.
Noto un estrépito callado, se levanta una ola, pero no desde el mar sino desde la tierra.

martes, octubre 20, 2009

EN EL VIAJE

Camino por la línea de espuma, justo en el límite entre la tierra y el mar; este lanza sus manos una y otra vez tratando de atraerme, quiere llevarse la playa, reclama lo que es suyo, enfurecido.
Los peces y yo nos movemos al ritmo del terral. Las olas nos balancean con la habilidad de no golpearnos contra las rocas. Ellos se alimentan, yo los contemplo; resisten inocentemente a pocos metros de la vorágine humana, en el mundo del agua, que se mece como una gigantesca cuna guardando un sueño infinito.

miércoles, octubre 10, 2007

Después de varios días de intensa inactividad varados en aquella cala, decidieron recorrer alguna ruta para recuperar un poco la verticalidad y se dirigieron al camino del volcán.

Tras de sí dejaron el ya familiar paisaje árido y plano que lo dominaba todo, salvo la franja de costa, para adentrarse en un camino que se abría de pronto, como una puerta a otro mundo, con una vegetación y una orografía completamente distintas.

Dominaban el blanco y el verde; el primero para la tierra, algunas rocas y los troncos de los árboles, y el verde y verde amarillo para las hojas, e incluso un pájaro que se presentó ante ellos a modo de recibimiento al principio del camino.

Las plantas se les hacían extrañas, por su abundancia y por sus formas; parecía una vegetación primitiva, del tipo que suele haber en un suelo volcánico, que daba un aire de sueño al paseo, en aquel entorno poblado por seres poco familiares a la vista.

A los lados se fueron viendo cada vez más rocas negras y rojas, que se mezclaban a veces y se empujaban unas a otras. El óxido de hierro embellecía aún más y hacía más frescos los verdes.

La nitidez de los sonidos, sobre el profundo silencio, evidenciaba la bendita escasez de presencia humana; salvo por nuestros pasos, pájaros, algún insecto, lagartijas y no sé qué más fauna, se escuchaba habitar tranquilamente aquel reino, apacible y raro.

Tras un par de kilómetros alcanzamos un lugar en el que el camino terminaba en una extensión cóncava salpicada de arbustos y sobre todo de rocas oscuras, por donde seguimos caminando, y al seguir con la vista el entorno girando sobre nosotros mismos, pudimos ver que estábamos en medio del inmenso cráter del volcán que buscábamos, inactivo desde hacía milenios y que había dado lugar a aquel extraño jardín que lo reodeaba...

lunes, enero 08, 2007

AVISO IMPORTANTE:

Esta es una historia ficticia. Aunque se desarrolla en lugares reales, éstos se han transformado a conveniencia de la autora y ni los personajes, ni las historias que se relatan se refieren a nadie real. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.


VIAJE AL CABO


Tres personas viajan en un coche. A una de ellas le importa mucho su vida.
Piensa, mientras observa la carretera, en su propio camino, lleno de esfuerzos, de logros y de fracasos, pero siempre sugerente incitando a buscar nuevos obstáculos que superar, retos e incluso podría decirse,
aventuras que acabaron con mayor o menor fortuna, pero que dejaron tras de sí la costumbre y el deseo cada vez más vivo de seguir buscando.